Ni monarquía, ni república: SOLIDARIDAD

Al hilo de la ‘rabiosa actualidad’ y de algunos de los comentarios y diálogos en los distintos canales a cuenta de la aceptación del himno y la bandera (que tendrán futuras entradas), en definitiva del régimen constitucional, hago las siguientes reflexiones.

Decíamos en nuestra presentación motivación de esta iniciativa lo siguiente:

«esta letra del himno no mitifica, ni absolutiza, ni idolatra esa realidad histórica que es España, ni su bandera, ni el Estado. Tiene en cuenta esa realidad desde la perspectiva del pueblo, sin confundirla con el Estado o con la forma política histórica, actual o futura. Las instituciones de un país sólo tienen sentido siempre que se subordinen y respeten el principio superior de la solidaridad. Siempre que estén al servicio de los ciudadanos, de las familias, de los pueblos, las ciudades, provincias, regiones y cualesquiera otras entidades que puedan existir o ponerse en marcha. Y, a su vez, es su ligazón fraterna. Si se rompe esa jerarquía de valores se cae en los nacionalismos idolátricos, en los egoísmos ya sean de estado, región, provincia, ciudad, pueblo, familia o de los individuos.»

Motivación I

Desde mi punto de vista, el debate no es ahora si monarquía o república. Bastantes problemas tenemos ya como para meter un debate (algunos parecen que quieren aprovechar para un cambio de régimen) que lo que va a potenciar es el enfrentamiento. Quizás algunos lo aprovechan para tapar otros temas y para revestirse de ropajes ideológicos que siguen teniendo rédito electoral a todos los lados del espectro político.

Las heridas de una guerra fratricida, y la dictadura es evidente que no han cicatrizado, pero creo que muchos españoles lo que no entendemos es que se cuestionen permanentemente los pasos que se dieron a partir de 1975, la democracia y la Constitución. Que, entre otras cosas, fue un esfuerzo colectivo por la democracia, la convivencia y la reconciliación. Que no fue un proceso perfecto ni al gusto integral de todos es evidente. Que son criticables muchos aspectos también. Que hay que acabar de responder a algunas legítimas demandas como recuperar los cuerpos de los fusilados y represaliados. Que fue un pacto y que destruir ese pacto es cuanto menos arriesgado. Que eso no significa que lo allí alcanzado no sea revisable y mejorable desde las premisas del diálogo y el acuerdo ampliamente mayoritario.

Lo que creemos que hay que evitar es el romanticismo y la idealización de ideas como la república. Creo que no es aventurado afirmar que si hubiera triunfado el bando republicano en la Guerra Civil también habría habido fusilados, represalidados, checas, gulags… Deberíamos potenciar el estudio y recuperación de los hechos y personas de ambos bandos que no se dejaron llevar por el cainismo, y salvaron, escondieron o ayudaron a escapar a personas que estaban en el otro bando.

Antes de cambiar un régimen por otro hay que estar seguro de que la alternativa va a resolver problemas. ¿Es un problema ser una monarquía? No vivimos en una monarquía absolutista, sino en una monarquía parlamentaria, régimen común en muchos países occidentales claramente democráticos: Reino Unido, Bélgica, Países Bajos, Suecia, Noruega, Dinamarca. Ser formalmente república no aporta sustancialmente nada. Tenemos el ejemplo de repúblicas que eligen lamentables presidentes de las mismas. No hace falta ni poner nombres. Sin olvidar que existen y han existido repúblicas bananeras, soviéticas, comunistas… que no son precisamente un ideal a seguir. Las dictaduras lo son aunque se presenten como de derechas o de izquierdas.

Como decía el poema de Gabriel Celaya ‘La poesía es un arma cargada de futuro’: ‘estamos tocando el fondo, estamos tocando el fondo’. ¿Queremos fondo o forma? ¿Qué queremos una forma republicana o monárquica pero sin libertad, igualdad, justicia…? ¿O relativizamos la forma y peleamos por defender un sistema político que se base en estos principios, y especialmente por el que apostamos en esta iniciativa: la solidaridad?

Esto no significa que no critiquemos los palpables errores que se han cometido por las personas que han ocupado cargos institucionales, como el de rey, ni que no se someta a un juicio político actual (incluso judicial si se dan los requisitos legales) y por supuesto al juicio histórico cualquier institución o persona con responsabilidades públicas.

Ni tampoco que esquivemos el debate sobre monarquía y república. Todo se puede plantear desde el diálogo y la serenidad. En abstracto, es cierto que una república parece un sistema más racional y coherente. ¿Por qué una familia, una dinastía tiene asegurada la asignación de ese poder o responsabilidad? Sin embargo, en la concreción, como hemos dicho, la forma republicana no garantiza que lo sea. ¿Cómo debería ser una república solidaria, cómo debería funcionar, cómo elegiría a su jefe del estado? ¿Optaríamos por una forma presidencialista con todos los poderes, o una forma más representativa, con menos poderes y competencias para el jefe del estado?

Algunos de los que defienden la monarquía ven que aporta el sacar de la lucha partidista la primera institución de un estado, y el ponerla por encima de esas veleidades y enfrentamientos coyunturales o ideológicos. Esa dimensión superior, transcendente en un sentido no estrictamente religioso, es lo que buscamos al proponer que la solidaridad sea el principio fundamental de España y que es válido para cualquier país. Que las instituciones estén al servicio de la sociedad para llevar a los hechos, a la práctica ese principio fundamental.

Creo que llegará algún momento histórico en que la monarquía deje de ser la institución que ocupe la jefatura de los estados democráticos, y que quede a lo sumo en un reconocimiento honorífico o en un recuerdo histórico. No creo que merezca mucho la pena gastar mucho esfuerzo en derrocar cuanto antes la monarquía. Sí merece la pena pensar y dialogar con serenidad y madurez cómo sería ese régimen o esa institución. Imaginemos que en un momento dado no se garantiza la sucesión, porque no nacen herederos, o porque el príncipe o princesa de Asturias plantea que no quiere ocupar ese cargo, que abdica. Ciertamente a pesar de los privilegios de que disfrutan, a nivel personal creo que es una presión horrorosa estar desde niño sometido y expuesto permanentemente al público, sin vida privada, y sin libertad de elegir tu vida, tu vocación…

Yo apostaría por una institución de la jefatura del estado que fuera elegible, pero no por un sistema de elección centrado en los partidos. Me parecería lamentable someterlo a un proceso electoral como los que padecemos. Debería ser una institución por encima de la coyuntura política y del partidismo. Con unas funciones de representación del estado muy delimitadas, probablemente menores que las actuales, por ejemplo respecto a la jefatura de las fuerzas armadas. Los candidatos deberían ser personas mayores de 65 o 70 años (reconozcamos la aportación y sabiduría de nuestros veteranos) que no tengan afán de poder ni notoriedad, con una reputación y valores constrastados en su vida personal y profesional y de servicio a la sociedad. Que se pudieran proponer por los ciudadanos. Por ejemplo, en la actualidad personas como la filósofa Adela Cortina o el ex seleccionador Vicente del Bosque. En definitiva, personas que no generaran conflicto ni división sino que son capaces de aunar a todos en un proyecto común. Sobre estas ideas, sí estaría dispuesto a cambiar a una república sometida al principio de solidaridad. El himno que proponemos consolidaría que eso no se pierda de vista.

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