Hoy juega el Sevilla la final de la Europa League. Lo normal será que todos los españoles, incluso los aficionados del Betis, prefieran que gane el equipo español frente al italiano. Pero últimamente vemos que esto no es así. ¿Por qué ocurre esto? Compartamos reflexiones. Aquí las mías y, en comentarios, espero las vuestras.

De niño y adolescente recuerdo esa máxima rivalidad entre los seguidores de los equipos en las competiciones nacionales. Lo normal era que en un mismo grupo de amigos, unos siguieran un equipo, otros otro, y siempre había algún héroe que seguía a equipos con pocas posibilidades. Siempre lo hacíamos desde el sano pique, desde el cachondeíto cuando perdía el rival, y se asumía con deportividad cuando te tocaba ser objeto del recochineo contrario. Pero cuando llegaban las competiciones europeas todos íbamos a una siempre con el equipo español que jugara. Podía suceder que uno prefiriera que en caso de ganar un español no fuera un directo rival en la liga, pero había esa conciencia de que antes que de otro país mejor que ganara el equipo patrio.
Sin embargo, en los últimos años parece que esta conciencia se ha perdido. Hace unos días vi en diferido algunos fragmentos de cómo, en el que parece ser el programa deportivo más seguido en televisión, unos comentaristas celebraban cada gol del Bayern de Munich al Barcelona casi como si fuera el gol de Iniesta en el mundial. Otros comentaristas, hundidos como si su vida careciera ya de sentido. El «periodismo» deportivo se ha convertido, al menos en estos programas (o parte de ellos) en un «sálvame», un cotorreo donde no se habla de fútbol, sino donde se trata de humillar al contrario, en una pelea de gallos rapera, en una especie de combate de pressing catch, donde supongo que todo es tan artificial como lo es en ese espectáculo tan americano. Si de verdad lo vivieran y sintieran así sería preocupante.
Parece que estamos en una época en la que para afirmanos a nosotros mismos en vez o además de crecer y mejorar nosotros (nuestro palmarés en el caso de los clubes) lo mejor es que el otro fracase y se hunda, no vaya a ser que se me acerque o se aleje más en el número de trofeos y títulos. Anda que no sería mejor para todos los equipos españoles, para la liga, que este año la Champions la hubiera ganado el Barça, el Atlético o el Valencia, o que la hubiera vuelto a ganar el Real Madrid. Parece que cabe la posibilidad de que Messi se vaya a jugar a otro país. Cualquier aficionado honesto, además de los culés, reconocerá que eso sería una tragedia para la liga española. Se devalúa ésta, si los mejores jugadores no quieren venir aquí, se hace menos competitiva, generará menos dinero. Incluso desde esta perspectiva tan materialista siempre es mejor una mayor complicidad y empatía con los competidores, porque en otros países hay otros competidores que pueden hacerse más grandes y merendarse a todos los nacionales.
En España además topamos con la ideologización del deporte de masas por distintos frentes. Evidentemente desde los nacionalistas independentistas que utilizan el escaparate deportivo para consignas políticas, aunque no las compartan todos sus seguidores y aficionados. Por ejemplo, en el caso del Barça, pocas respuestas como la de Ignasi Vidal me parece que ha habido entre tantos seguidores y peñas del club, que concluyó su salida como socio con esta frase: «El nacionalismo separa y destruye ¿No sabía esto, señor Bartomeu?» Y hablamos de todo nacionalismo como recientemente denunció también este periodista, Santiago Aparicio hablando del nacional-madridismo.

Pero yendo más al fondo creo que la mercantilización del deporte es una de las razones de esto. Las marcas deportivas, los derechos de televisión, el gran dineral en juego, ha llevado no a profesionalizar sino a hacer mercenarios del deporte. Los (grandes) equipos ya no tienen vinculación natural con su lugar de origen, a veces hasta se compran y se cambian de ciudad, o se compran por especuladores. Me hace gracia cuando hablan de la cantera, cuando en realidad los grandes clubes tienen por cantera el mundo, porque pueden comprar a los potenciales mejores jugadores de cualquier parte del globo. Ese comprar chavales jóvenes muchas veces supone también su condena a la inmadurez al poner en sus manos millones que no saben manejar, que malgastan en lujos o vida desenfrenada. Supone un mercado de comisiones, de intereses, muy inflado, una burbuja infame.
A nivel de aficionados, hay unos pequeños sectores abducidos por una sectaria identificación con el club que en ocasiones ha llevado a una violencia brutal, o al insulto y agresión incluso a sus propios jugadores, entrenadores, directivos si el equipo no daba la talla. Y también violencia hacia o entre las aficiones ultras de otros clubes, y a veces lamentablemente a personas inocentes.
Otro fenómeno de la desviación del sentido del deporte ha sido la proliferación y explotación de las apuestas deportivas, una seria y grave adicción que también aprovechan algunos clubes directamente o a través de la publicidad.
El deporte es sano, es una afición, es una invitación al esfuerzo a la superación, a una sana competencia, a la camaradería; pero su absolutización, su mercantilización, su utilización ideológica lo corrompe y nos corrompe. Empecemos por apoyar a nuestros equipos en ese espíritu originario, y planteémonos cómo combatir esa corrupción, con solidaridad.
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